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Decepciones
“Soñar para no perder la costumbre, para no
oxidarnos, y cuando tengamos la oportunidad,
volver a desear cosas grandes”.
Nos pasamos
la vida decepcionándonos. Cuando somos niños
soñamos con ser astronautas, aventureros,
príncipes y princesas… pero crecemos y nos damos
cuenta de que esos sueños no se cumplirán
nunca.
Sin embargo,
esa primera decepción no nos importa mucho, ya
que cuando llega, estamos lo suficientemente
ocupados con nuestros compañeros de clase del
sexo contrario. Es en ese momento cuando
nuestras expectativas cambian. Si bien, éstas
tampoco son fáciles de cumplir.
En unos
casos, la inmensa mayoría, es culpa de la
genética y las hormonas; es una desgracia con la
que, en algún momento, todos hemos tenido que
lidiar. Los menos, entre los que por desgracia o
por suerte no me incluyo, no tienen que luchar
con granos y demás tragedias personales y tienen
a su disposición cuantas conquistas quieren.
Pero tampoco ellos se libran. Pronto comprueban
que el número de conquistas aumenta de forma
inversamente proporcional a la satisfacción que
se obtiene con cada una nueva, con lo que
también se decepcionan.
Con el
tiempo, nuestras aspiraciones y sueños nos van
pareciendo más realistas. Ya somos adultos y
aquello que deseamos nos parece realista y
accesible. Sin embargo, llegamos a la
universidad, los que llegan, y comprobamos que
aquella enseñanza idealizada que hemos visto en
tantas películas y ese ambiente del campus lleno
de inquietudes culturales no existe. Comprobamos
que no es más que otro paso de tantos que hemos
dado para llegar hasta ahí y que posiblemente
nos llevará a otro paso, que precederá a otro, y
así sucesivamente… Y aquí tenemos otra nueva
decepción.
En el terreno
amoroso no me meto. Mi última decepción aún está
reciente… y supura. Sólo diré una cosa que
conviene tener en cuenta: normalmente, es una
cadena de decepciones la que nos lleva a
encontrar a la persona con la que compartiremos
futuros desencantos. Esto es más que nada para
darme ánimos, a mí y a quien los necesite.
Releo lo
escrito y cualquiera podría pensar que soy una
persona pesimista. Nada más lejos de la
realidad. Tampoco presumo de ser realista,
considero que quienes se autoproclaman así, no
son más que pesimistas de incógnito, porque en
estos tiempos que corren, no me refiero a la tan
socorrida crisis (que para todo se echa mano de
ella), la realidad es más bien para deprimirse.
Hay que soñar
cada día, siempre, y no hace falta que sea con
cosas grandiosas, importantísimos y drásticos
cambios en nuestra vida… También valen las cosas
pequeñas: desear que haya café hecho nada más
levantarte, que no llueva justo el día que has
ido a la peluquería… Soñar para no perder la
costumbre, para no oxidarnos y, cuando tengamos
la oportunidad, volver a desear cosas grandes.
Para
terminar, podría recurrir al tópico de que la
esperanza es lo último que se pierde, pero creo
que es una soberana tontería y además no creo
que sea cierto. Hay miles de personas
desesperanzadas en el mundo, gente que no tiene
nada que la obligue a levantarse por las
mañanas. La esperanza se pierde, sí, pero el
instinto de supervivencia permanece.
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