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De
soldados cómplices y patios enrejados
Es tiempo de paseos, repaso de tonos y figuras
de las baldosas, intercalando de vez en cuando,
largos sermones de ocasión.
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Bien puede ser media mañana o tarde. Ya comienzan los alumnos a
poblar de voces los recintos del
edificio. Se interrumpen momentáneamente
entusiasmos, apoyos, inocente morbo,
cantinela de gestas.
Me encuentro en la lista. Mudo mentalmente de uniforme. Es hora de
conducir con precisión milimétrica si es
posible, los movimientos de todo un
ejército de muchachos de distinta
procedencia y condición, en esa etapa de
la juventud, que siempre se ha llamado
de una forma tan manida, la edad
difícil.
Es tiempo de paseos, repaso de tonos y figuras de las baldosas,
intercalando de vez en cuando, largos
sermones de ocasión. |
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Del otro lado se comparten alimento, confidencias, temas
recurrentes, relatos de peripecias, anécdotas
escolares, lenguajes y latencias de
intrahistoria de la vida diaria en aquellas
aulas y evocación de soledades sexuales.
De este lado, y de cuando en cuando, recibes la visita de tu otro
cómplice, al que le invade el aburrimiento. En
su tiempo de espera no ocurre nada trascendente.
El tiempo corre y el suelo se cubre de suspensos
en conocimiento del medio.
Suena el timbre, se acabó el recreo; por fin, y como siempre antes
de tiempo. Y por fin hay que dejar de jugar.
Volvemos a la pizarra de negra pintura, chirriantes e interminables
números de tiza, manos y dedos blancos, trapo
sucio, que pide con urgencia la jubilación,
correteo de pupitres de dos en dos.
El tiempo ha
cambiado. Ahora haya paz, esa palabra tan corta,
tan escasa a veces, y otras tan fuera de lugar
¡que no la vea tan ridícula como la situación
que toca vivir!
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