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Reflexión entre dos buenos amigos
Paseando por el centro de la ciudad, cual fue mi
sorpresa al encontrarme a un buen amigo de la
infancia, Jorge Bello Calandria, con el que
compartí toda mi niñez, mi juventud, incluso
hicimos la mili juntos en Madrid.
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¡Qué tiempos
aquellos previos al golpe de estado! Nos
fuimos a tomar una copa y empezamos a
hablar de los viejos tiempos cuando
pedíamos dinero en casa y nos decían que
no había; de nuestra etapa de descargar
camiones de Quina Santa Catalina, de
Conservas Isabel, de Aceitunas Jolca
que, luego, en la ensaladilla comunista
de los domingos, te hacía recordar las
tres mil cajas que venían todos los
Viernes de Sevilla, que nos dejaban la
espalda maltrecha. Pero, ¡que bien nos
venían aquellas 1300 pese- |
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tas de los años 70/80 que cobrábamos por ese
trabajo! Cuando bajábamos al Río de la Pila,
desaparecían por arte de magia. Sin embargo,
¡qué felices éramos! nos conformábamos con muy
pocas cosas.
¡Jorge! Nos
estamos haciendo mayores. ¡Deja de hablar del
pasado!, le comento. ¡Vamos hablar del presente
y del futuro!, ¿Qué opinas de la situación de
nuestro país en estos momentos?
Gerco (mi
nombre artístico en esa época), ¡qué quieres que
te diga! ¡Esto es una ruina! Estamos gobernados
por mediocres empeñados en que en España hay
derechas e izquierdas. ¡Escucha mi reflexión! A
cualquier país del mundo yo le considero una
empresa, y como tal debe estar bien
administrado. Si la administración es buena,
estoy seguro que el que más tiene, se hará más
rico, pero a la vez tendrá más preocupaciones,
porque el ser humano, salvo rara excepción, es
egoísta y estará pensando en que invierte las
ganancias para ganar más dinero. Pero también te
digo que el que menos tiene, ó incluso el que no
tiene nada, vivirá mucho mejor, porque el estado
tendrá más dinero para preocuparse de él. Sin
embargo, si la administración es mala el que más
tiene seguirá viviendo igual de bien, pero el
que menos tiene ó el que no tiene nada, está
claro que lo va a pasar muy mal. Moraleja, a
la hora de elegir, prefiero un buen
administrador a un demagogo.
De esa manera
terminó la conversación. Nos intercambiamos el
nº de móvil para quedar en otra ocasión. Salimos
del “toma copas”, y nos cruzamos con dos
chavalas impresionantes. Nos miramos los dos y
sonriendo dijimos: ¡qué tiempos aquellos que,
como las golondrinas de Bécquer, ya no volverán.
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