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Un
puñetazo no es la solución
Un joven condenado por homicidio al propinar un
puñetazo a otro chico
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Recientemente
he leído en la prensa que un joven
cántabro ha sido condenado a varios años
de cárcel por homicidio. Al parecer pegó
un puñetazo a otro chico y este último,
al precipitarse al suelo, recibió tal
golpe en la cabeza que al poco tiempo
murió.
Me pareció
interesante hablar de este asunto en
clase por varios motivos:
1.
Porque nuestros alumnos son jóvenes y
esta condición muchas veces va unida a
la irreflexión e insensatez. |
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2.
Porque algunos de ellos dirimen sus diferencias
de la forma más primaria y facilona, es decir, a
través de un puñetazo: “quien dé antes o pegue
más fuerte es el mejor”, “no pegar es de
mariquitas y cobardes” –dicen con total
convencimiento-.
3.
Porque en nuestro temario figura un capítulo
reservado a los conflictos y una de las
características de todo conflicto –por muy
trágico e indeseable que sea-, es que puede
resultar didáctico.
Así es que
nos encontramos ante otro incidente violento,
otro episodio terrible, tristemente uno más, que
me sugiere las siguientes consideraciones:
¿Valió la
pena propinar un golpe?, ¿se solucionó algo?,
¿quién ganó aquí?, ¿qué demostró el agresor?,
¿qué consiguió la víctima?
Reflexionar
sobre todo ello y utilizar las palabras antes
que los puños, habría evitado sufrimientos
posteriores. No sirve de nada culpar a la suerte
y pensar que no fue nuestra aliada en ese
preciso momento y lugar, no hay consuelo ya para
el que murió ni para quienes lloran su pérdida,
y lo cierto es que nadie debería sufrir la
amargura del arrepentimiento en la soledad de
la cárcel.
Estos dos
chicos no se conocían, eran dos jóvenes que
disfrutaban de su ocio, se encontraron,
malinterpretaron algo y… actuaron sin pensar, de
nuevo la fuerza física por encima de la razón,
¡gran error!
Cualquiera de
nosotros podría haber sido uno de ellos y la
historia podría repetirse una y mil veces si no
huimos del arrebato furioso, si no apaciguamos
nuestros demonios interiores – aunque sea a
costa del orgullo herido- y no fortalecemos
nuestro autocontrol.
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