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¿Cómo somos ante los cambios?
La realidad de nuestro país y por extensión de
muchísimos países es cambiante y el ritmo de los
acontecimientos se sucede a una velocidad de
vértigo. Todos irremisiblemente estamos abocados
a vivir con dichos cambios, nos gusten o no, y
con sus artífices, personas que suelen creerse
siempre en posesión de la verdad absoluta sobre
multitud de asuntos, y rara vez admiten estar
equivocados.
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Y ahí está el
asunto: ¿Existe una verdad absoluta
sobre algo? ¿Alguien puede asegurar que
posee toda la razón en aquello que
defiende frente a los demás?
Si
ejemplificamos con nuestro entorno más
próximo, nos encontramos con dualidades
enfrentadas, abanderadas por unos y
otros con vehemencia, a las que
otorgamos la consideración maniqueísta
de “lo bueno” o “lo malo”, dependiendo
de que lo primero sea lo defendido por
uno mismo y lo segundo, lo ajeno.
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Derechas/izquierdas
Aborto sí/
aborto no
Machismo/feminismo
Nuevas
tecnologías de la información /la información y
sus cauces tradicionales
Intolerancia
/ permisividad
Iglesia sí /
Iglesia no
Ecologismo
activo / alteración y degradación de los
ecosistemas naturales
[…]
Tantos y
tantos asuntos que, como monedas, tienen su cara
y cruz, es decir, sus aspectos cuestionables
que a menudo nos separan.
También, lo
políticamente correcto, es decir, lo
convencional y bien visto por la mayoría social
es temporal y coyuntural; por ejemplo, hoy se
admite de buen grado la incorporación de la
mujer en el mundo laboral, no hace mucho tiempo
resultaba un atrevimiento imperdonable y una
osadía. ¿Y mañana?
De esto se
deduce que sí existe una certeza: todo cambia y
por ello debemos estar siempre alerta e
informados, entendiendo esta información como un
intento por salir de la parcela complaciente
del propio conocimiento para llegar a esa zona
que aún no hemos contemplado, ese enfoque
extraño e incluso inicialmente siniestro.
Algunos
prefieren, como el avestruz, esconder la cabeza
bajo el ala, “no sufrir” dicen. Por eso mejor no
ver telediarios, ni leer periódicos, ni oír la
radio… ¡MEJOR NO SABER!
No soy
partidaria de esta postura: encerrarse en una
burbuja a salvo del exterior inquietante anula
tu capacidad para pensar y opinar. Tampoco
considero que sea posible algo semejante, salvo
que uno se haga ermitaño.
Otros
prefieren defender de forma comprometida las
propias ideas, esos principios que la mayoría de
las veces te han inculcado desde la cuna y con
el tiempo has hecho tuyos y son parte de ti.
Esta opción sí me gusta, posiblemente todos, en
mayor o menor medida hacemos esto, y escuchando
argumentos encontrados, vamos aprendiendo.
Pero cuando
de una sana dialéctica derivamos en los
sectarismos, en los fanatismos e imposiciones
del pensamiento y por defender nuestras
convicciones, rechazamos tajantemente las
ajenas, eludiendo los análisis sosegados, me
pongo a temblar. Es fácil que cualquiera que se
sienta superior o ejerza algún tipo de autoridad
sobre otros, se convierta en arrogante adalid
del pensamiento colectivo.
Al leer un
artículo en la prensa de Alfonso Pinilla
titulado Más sectarios que murciélagos,
pensé en todo esto. En dicho artículo se habla
de la historia, -en su día referida por Pío
Baroja- de un murciélago; éste representaría al
ser minoritario en un mundo de mayorías. Según
la historia barojiana, el murciélago no
encajaría ni entre las aves ni entre las ratas
por una sencilla razón: es raro, distinto, no
coincide con todas las características de
cada grupo, pues éstos son grupos perfectamente
asentados, organizados, y definidos.
Hay muchos
murciélagos entre nosotros; pensamos que no
tienen las ideas claras, que no son valientes
porque no muestran abiertamente sus cartas, que
son débiles porque dudan y unas veces quieren
ser aves, otras veces, ratas. Para estos
murciélagos existe algo llamado relativismo
ideológico, es decir, los cambios los asumen con
prudencia porque no se sienten en poder de la
verdad absoluta, son receptivos porque no cercan
su pensamiento con prejuicios, y son
autocríticos pues admiten sin dramatismos que
en ocasiones se equivocan y deben corregir su
rumbo.
Finalmente
¿qué somos nosotros: avestruces, ratas y aves,
murciélagos?
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