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Difusión

Blanca Díaz Pacheco

09/04/2010

 

 

¿Cómo somos ante los cambios?

La realidad de nuestro país y por extensión de muchísimos países es cambiante y el ritmo de los acontecimientos se sucede a una velocidad de vértigo. Todos irremisiblemente estamos abocados a vivir con dichos cambios, nos gusten o no, y con sus artífices, personas que suelen creerse siempre en posesión de la verdad absoluta sobre multitud de asuntos, y rara vez admiten estar equivocados.

Y ahí está el asunto: ¿Existe una verdad absoluta sobre algo? ¿Alguien puede asegurar que posee  toda la razón en aquello que defiende frente a los demás?

 

Si ejemplificamos con nuestro entorno más próximo, nos encontramos con dualidades enfrentadas, abanderadas por unos y otros con vehemencia, a las que otorgamos la consideración maniqueísta de “lo bueno” o “lo malo”, dependiendo de que lo primero sea lo defendido por uno mismo  y lo segundo, lo ajeno.

 

Derechas/izquierdas

Aborto sí/ aborto no

Machismo/feminismo

Nuevas tecnologías de la información /la información  y sus cauces tradicionales

Intolerancia / permisividad

Iglesia sí / Iglesia no

Ecologismo activo / alteración y degradación de los ecosistemas naturales

[…]

 

Tantos y tantos asuntos que, como monedas, tienen su cara y cruz, es decir,  sus aspectos cuestionables que a menudo nos separan.

 

También, lo políticamente correcto, es decir, lo convencional  y bien visto por la mayoría social es temporal y coyuntural; por ejemplo, hoy se admite de buen grado la incorporación de la mujer en el mundo laboral, no hace mucho tiempo resultaba un atrevimiento imperdonable y una osadía.  ¿Y mañana?

 

De esto se deduce que sí existe una certeza: todo cambia y por ello debemos estar  siempre alerta  e informados, entendiendo esta información como un intento por salir  de la parcela complaciente  del propio conocimiento para llegar a esa zona que aún no hemos contemplado, ese enfoque extraño e incluso inicialmente siniestro.

 

Algunos prefieren, como el avestruz, esconder la cabeza bajo el ala, “no sufrir” dicen. Por eso mejor no ver telediarios, ni leer periódicos, ni oír la radio… ¡MEJOR NO SABER!

 

No soy partidaria de esta postura: encerrarse en una burbuja  a salvo del exterior inquietante anula  tu capacidad para pensar y opinar. Tampoco considero que sea posible algo semejante, salvo que uno se haga ermitaño.

 

Otros prefieren defender de forma comprometida las propias ideas, esos principios que la mayoría de las veces te han inculcado desde la cuna y con el tiempo has hecho tuyos y son parte de ti. Esta opción sí me gusta, posiblemente todos, en mayor o menor medida hacemos esto, y escuchando argumentos encontrados, vamos aprendiendo.

 

Pero cuando de una sana dialéctica derivamos en los sectarismos, en los fanatismos e imposiciones del pensamiento y por defender nuestras convicciones, rechazamos tajantemente las ajenas, eludiendo los análisis sosegados, me pongo a temblar. Es  fácil que cualquiera que se sienta superior o ejerza algún tipo de autoridad sobre otros, se convierta en arrogante adalid del pensamiento colectivo.

 

Al leer un artículo en la prensa de Alfonso Pinilla titulado Más sectarios que murciélagos, pensé en todo esto. En dicho artículo se habla de la historia, -en su día referida por Pío Baroja- de un murciélago; éste representaría al ser minoritario en un mundo de mayorías. Según la historia barojiana, el murciélago no encajaría ni entre las aves ni  entre las ratas por una sencilla razón: es raro, distinto, no coincide con todas las características de cada grupo, pues éstos son grupos perfectamente asentados, organizados,  y definidos.

 

Hay muchos murciélagos entre nosotros; pensamos que no tienen las ideas claras, que no son valientes porque no muestran abiertamente sus cartas, que son débiles porque dudan y unas veces quieren ser aves, otras veces, ratas.  Para estos murciélagos existe algo llamado relativismo ideológico, es decir, los cambios los asumen con prudencia porque no se sienten en poder de la verdad absoluta, son receptivos porque no cercan su pensamiento con prejuicios, y son autocríticos  pues admiten sin dramatismos que en ocasiones se equivocan y deben  corregir su rumbo.

 

Finalmente ¿qué somos nosotros: avestruces, ratas y aves, murciélagos?

 

 

 

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