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El
Profesor
Frank Mc Court, a lo largo de su libro, nos
detalla cómo durante muchos años va
sobreviviendo en las aulas, haciendo más caso de
los dictados de su conciencia y de su candorosa
intuición, que de las directrices académicas
Hace bastante
tiempo leí este libro de Frank Mc Court,
titulado El Profesor. Como ocurre muchas
veces con los libros, me lo aconsejó un amigo;
ya el título era para mí sugerente por razones
obvias. Hoy ha vuelto a mí.
Entonces me
gustó, me divirtió y me ofreció motivos para
reflexionar sobre la apasionante y difícil tarea
del docente.
El estilo del
autor me pareció ágil, la narración en primera
persona de sus propias vivencias como profesor
–Frank Mc Court impartió clases en institutos de
secundaria en Nueva York- iba desgranando de
manera sencilla y comprensible situaciones del
todo familiares para mí.
Ya se sabe
que algunos libros, gracias al talento de sus
autores, producen efectos secundarios en los
lectores, es decir, son capaces de situarte en
los escenarios narrados, pueden hacerte sentir
las mismas emociones que ciertos personajes que
en ellos aparecen y te sacuden en más de una
ocasión las entrañas. Este libro fue para mí uno
de ellos, porque me identifiqué con su autor
plenamente hasta el punto de que yo misma me
extrañaba de que F. Mc. Court hubiera podido
transmitir de forma tan transparente y fiel
mis pensamientos. ¿Telepatía? ¡Si no nos
conocemos de nada, él tan lejos… y yo aquí, en
Cantabria! ¡Imposible!
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Lógicamente
en El Profesor hay anécdotas,
tiempos, datos de la biografía de Mc
Court que no me interesaron lo más
mínimo; quizá acude con cierta
frecuencia a la exageración como recurso
para lograr la comicidad de ciertas
escenas, no sé, me da igual.
¿Qué observé
en el libro que realmente no pasó
desapercibido? Seguro que os suena:
Vi a un
profesor trabajando duramente en las
aulas, reflexionando cada día sobre qué
hacer con sus chicos, cómo llegar a
aquél que no le mira ni le oye ni le
siente.
Vi a un
profesor combatiendo contra viento y
marea en el mar de la clase, con la
fuerza de quien está seguro que debe
seguir haciéndolo para llegar a buen
puerto.
Vi a un
profesor abatido por sus errores, sus
inseguridades, sus insatisfacciones…
Interesado e
ilusionado en mejorar el futuro y las
vidas de sus chicos, contento por poder
servirles de ayuda. |
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Solitario e
indignado por la incomprensión de quienes no
entienden su trabajo o infravaloran sus
motivaciones.
Finalmente vi
a un profesor cargado de paciencia, constancia y
firmeza porque el camino es largo, sinuoso y…con
prisas no se llega.
De todas
formas, a continuación os dejo unos párrafos de
El Profesor, juzgad vosotros.
“Descubre qué es lo que te gusta y céntrate en ello. A eso se
reduce todo. Reconozco que no siempre me gustó
enseñar. Estaba perdido. En las aulas estás
solo, un hombre o una mujer ante cinco clases
todos los días, cinco clases de adolescentes.
Una unidad de energía contra ciento setenta y
cinco bombas de relojería, y tienes que buscarte
modos de salvar la vida. Puede que te aprecien,
incluso que te quieran, pero son jóvenes, y los
jóvenes tienen el deber de expulsar del planeta
a los viejos.
Sé que estoy exagerando, pero como cuando sube un boxeador al ring o
como cuando sale un torero al ruedo, pueden
dejarte k.o. o darte una cornada, y allí acabará
tu carrera profesional en la enseñanza. Pero si
aguantas, aprendes los trucos. Es difícil, pero
tienes que ponerte cómodo en el aula. Tienes que
ser egoísta. Las líneas aéreas te dicen que si
falta el oxígeno, lo primero que debes hacer es
ponerte la mascarilla, aunque tu instinto se
mueva a salvar primero al niño.
El aula es un lugar de gran dramatismo. Nunca sabes lo que has hecho
por o para los centenares de alumnos que llegan
y se van. Los ves salir del aula: soñadores,
apagados, burlones, con admiración, sonrientes,
desconcertados. Al cabo de unos años desarrollas
unas antenas. Te das cuenta de si les has
llegado o si los has hecho apartarse de ti. Es
una química. Es psicología. Es instinto animal.
Estás con los chicos y, mientras quieras ser
profesor, no tienes escapatoria. No esperes
ayuda por parte de los que han huido del aula,
de los de arriba. Están demasiado ocupados yendo
a almorzar y absortos en pensamientos elevados.
Estás solo con los chicos.
Bien, ya suena el timbre. Nos vemos más tarde. Descubre qué es lo
que te gusta, y céntrate en ello.”
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