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NOTICIAS - FORMACIÓN PROFESIONAL

  

 

Difusión

Blanca Díaz Pacheco

29/03/2010

 

 

El Profesor

Frank Mc Court, a lo largo de su libro, nos detalla cómo durante muchos años va sobreviviendo en las aulas, haciendo más caso de los dictados de su conciencia y de su candorosa intuición, que de las directrices académicas

Hace bastante tiempo leí este libro de Frank Mc Court, titulado El Profesor. Como ocurre muchas veces con los libros, me lo aconsejó un amigo; ya el título era para mí sugerente por razones obvias. Hoy ha vuelto a mí.

 

Entonces me gustó, me divirtió y me ofreció motivos para reflexionar sobre la apasionante y difícil tarea del docente.

 

El estilo del autor me pareció ágil, la narración en primera persona de sus propias vivencias como profesor –Frank Mc Court impartió clases en institutos de secundaria en Nueva York- iba desgranando de manera sencilla y comprensible  situaciones del todo familiares para mí.

 

Ya se sabe que algunos libros, gracias al talento de sus autores, producen efectos secundarios en los lectores, es decir, son capaces de situarte en los escenarios narrados, pueden hacerte sentir las mismas emociones que ciertos personajes que en ellos aparecen y te sacuden  en más de una ocasión las entrañas. Este libro fue para mí uno de ellos, porque me identifiqué con su autor  plenamente hasta el punto de que  yo misma me extrañaba de que F. Mc. Court  hubiera podido transmitir de forma  tan transparente  y fiel mis pensamientos. ¿Telepatía?  ¡Si no nos conocemos de nada, él  tan lejos… y yo aquí, en Cantabria! ¡Imposible!

 

Lógicamente en El Profesor hay anécdotas, tiempos, datos de la biografía de Mc Court que no me interesaron lo más mínimo;  quizá acude con cierta frecuencia a la exageración como recurso para lograr la comicidad de ciertas escenas, no sé, me da igual.

 

¿Qué observé en el libro que realmente no pasó desapercibido?  Seguro que os suena:

 

Vi a un profesor trabajando duramente en las aulas, reflexionando cada día sobre qué hacer con sus chicos, cómo llegar a aquél que no le mira ni le oye ni le siente.

 

Vi a un profesor combatiendo contra viento y marea en el mar de la clase, con la fuerza de quien está seguro que debe seguir haciéndolo para llegar a buen puerto.

 

Vi a un profesor abatido por sus errores, sus inseguridades, sus insatisfacciones…

 

Interesado e ilusionado en mejorar el futuro y las vidas de sus chicos, contento por poder servirles de ayuda.

  

Solitario e indignado por la incomprensión de quienes no entienden su trabajo o infravaloran sus motivaciones.

 

Finalmente vi a un profesor cargado de paciencia, constancia y firmeza porque el camino es largo, sinuoso y…con prisas no se llega.

 

De todas formas, a continuación os dejo unos párrafos de El Profesor, juzgad vosotros.

“Descubre qué es lo que te gusta y céntrate en ello.  A eso se reduce todo. Reconozco que no siempre me gustó enseñar. Estaba perdido. En las aulas estás solo, un hombre o una mujer ante cinco clases todos los días, cinco clases de adolescentes. Una unidad de energía contra ciento setenta y cinco bombas de relojería, y tienes que buscarte modos de salvar la vida. Puede que te aprecien, incluso que te quieran, pero son jóvenes, y los jóvenes tienen el deber de expulsar del planeta a los viejos.

 

Sé que estoy exagerando, pero como cuando sube un boxeador al ring o como cuando sale un torero al ruedo, pueden dejarte k.o. o darte una cornada, y allí acabará tu carrera profesional en la enseñanza. Pero si aguantas, aprendes los trucos. Es difícil, pero tienes que ponerte cómodo en el aula. Tienes que ser egoísta. Las líneas aéreas te dicen que si falta el oxígeno, lo primero que debes hacer es ponerte la mascarilla, aunque tu instinto se mueva a salvar primero al niño. 

 

El aula es un lugar de gran dramatismo. Nunca sabes lo que has hecho por o para los centenares de alumnos que llegan y se van. Los ves salir del aula: soñadores, apagados, burlones, con admiración, sonrientes, desconcertados. Al cabo de unos años desarrollas unas antenas. Te das cuenta de si les has llegado o si los has hecho apartarse de ti. Es una química. Es psicología. Es instinto animal. Estás con los chicos y, mientras quieras ser profesor, no tienes escapatoria. No esperes ayuda por parte de los que han huido del aula, de los de arriba. Están demasiado ocupados yendo a almorzar y absortos en pensamientos elevados. Estás solo con los chicos.

 

Bien, ya suena el timbre. Nos vemos más tarde. Descubre qué es lo que te gusta, y céntrate en ello.”

 

 

 

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