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NOTICIAS - FORMACIÓN PROFESIONAL

  

 

Difusión

Fernando Noreña Agüero

30/01/2010

 

 

Alumnos de PCPI

Los Programas de Cualificación me parecen espacios de exclusión creados por el propio Sistema Educativo para amortiguar la segregación de determinados alumnos a los que no les ofrecieron en su momento respuestas pedagógicas y oportunidades adecuadas a sus necesidades.

Cuando al comenzar el curso me sitúo ante un nuevo grupo de alumnos, espero percibir lo que me pueden estar pidiendo como docente; este ha sido mi interés y preocupación. Conocer sus demandas y necesidades, es para mí, un referente clave para pensar sobre la programación del trabajo para el curso. Si esta información ha sido importante a lo largo de mi vida como docente, aún lo es más desde que trabajo en los Programas de Garantía Social, y ahora en los de Cualificación Profesional Inicial, que hace crecer y dar cuerpo a esta necesidad.

 

Ni que decir tiene que no me refiero a una percepción intuitiva (que también tiene valor, sobre todo, a medida que la experiencia docente va madurando); me refiero a la unión de una evaluación de las competencias de los alumnos, a un análisis de las condiciones en las que hasta ahora se han dado los procesos de aprendizaje que se han dirigido a ellos, a las respuestas que desde los distintos centros de procedencia se les han dado (no se debe olvidar que estos grupos suelen estar formados por alumnos de diversos centros de una misma localidad), a sus características e intereses personales, a sus condiciones familiares, etc. Y por supuesto, a la reflexión que sobre mi docencia con estos grupos he podido realizar en los últimos cursos.

 

He de decir que desde el primer momento en que me encuentro con un grupo de alumnos y alumnas e incluso antes (los repetidores que provienen de mi centro son detectados al final del curso anterior en el que son escolarizados y en esta detección suelo participar o, al menos, intento estar informado del proceso), me creo que no descanso hasta que no logro que el grupo sea mío y yo del grupo, es decir, saber qué quiero y necesito yo de ellos, y qué quieren y necesitan de mí. Es seguir insistiendo hasta que formamos una unidad. Cuando esto ocurre es cuando me siento autorizado para desarrollar un trabajo más académico.

 

Todo cuanto vengo señalando es mi manera de resistir ante las consecuencias que se derivan de la valoración y del tratamiento que han recibido, o no recibido siquiera, la mayor parte de este alumnado. Es mi manera de resistir ante una sociedad neoliberal que está logrando introducir en la escuela modelos que responden a un sistema de mercado, valorando a nuestros alumnos y alumnas como otros “objetos” más de mercado; evaluándolos desde el dominio de los contenidos que favorecen a un sistema donde pasa a un segundo plano lo personal, lo humano, la procedencia, las necesidades; en definitiva lo que cuenta es la productividad, esto es, ser o no ser productivo para el sistema.

 

Las formas modernas de opresión que está utilizando el sistema neoliberal en el que nos movemos, excluyendo y marginando del mismo a los sujetos que no son productivos, son trasladadas al sistema educativo; un sistema que cada vez responde menos a las diferencias, en las condiciones más óptimas que éstas requieren. La educación se manifiesta así en un medio de medición y selección para darle al sistema social neoliberal el producto que exige para su buena marcha; una elección que se traduce en datos de fracaso, que por supuesto, nunca será atribuido al sistema educativo, a los centros educativos, a los procesos de enseñanza que desarrollamos, sino únicamente al fracaso del alumnado

 

 

 

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