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Alumnos de PCPI
Los Programas de Cualificación me parecen
espacios de exclusión creados por el propio
Sistema Educativo para amortiguar la segregación
de determinados alumnos a los que no les
ofrecieron en su momento respuestas pedagógicas
y oportunidades adecuadas a sus necesidades.
Cuando al
comenzar el curso me sitúo ante un nuevo grupo
de alumnos, espero percibir lo que me pueden
estar pidiendo como docente; este ha sido mi
interés y preocupación. Conocer sus demandas y
necesidades, es para mí, un referente clave para
pensar sobre la programación del trabajo para el
curso. Si esta información ha sido importante a
lo largo de mi vida como docente, aún lo es más
desde que trabajo en los Programas de Garantía
Social, y ahora en los de Cualificación
Profesional Inicial, que hace crecer y dar
cuerpo a esta necesidad.
Ni que decir
tiene que no me refiero a una percepción
intuitiva (que también tiene valor, sobre todo,
a medida que la experiencia docente va
madurando); me refiero a la unión de una
evaluación de las competencias de los alumnos, a
un análisis de las condiciones en las que hasta
ahora se han dado los procesos de aprendizaje
que se han dirigido a ellos, a las respuestas
que desde los distintos centros de procedencia
se les han dado (no se debe olvidar que estos
grupos suelen estar formados por alumnos de
diversos centros de una misma localidad), a sus
características e intereses personales, a sus
condiciones familiares, etc. Y por supuesto, a
la reflexión que sobre mi docencia con estos
grupos he podido realizar en los últimos cursos.
He de decir
que desde el primer momento en que me encuentro
con un grupo de alumnos y alumnas e incluso
antes (los repetidores que provienen de mi
centro son detectados al final del curso
anterior en el que son escolarizados y en esta
detección suelo participar o, al menos, intento
estar informado del proceso), me creo que no
descanso hasta que no logro que el grupo sea mío
y yo del grupo, es decir, saber qué quiero y
necesito yo de ellos, y qué quieren y necesitan
de mí. Es seguir insistiendo hasta que formamos
una unidad. Cuando esto ocurre es cuando me
siento autorizado para desarrollar un trabajo
más académico.
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Todo cuanto
vengo señalando es mi manera de resistir
ante las consecuencias que se derivan de
la valoración y del tratamiento que han
recibido, o no recibido siquiera, la
mayor parte de este alumnado. Es mi
manera de resistir ante una sociedad
neoliberal que está logrando introducir
en la escuela modelos que responden a un
sistema de mercado, valorando a nuestros
alumnos y alumnas como otros “objetos”
más de mercado; evaluándolos desde el
dominio de los contenidos que favorecen
a un sistema donde pasa a un segundo
plano lo personal, lo humano, la
procedencia, las necesidades; en
definitiva lo que cuenta es la
productividad, esto es, ser o no ser
productivo para el sistema. |
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Las formas modernas de opresión que está
utilizando el sistema neoliberal en el que nos
movemos, excluyendo y marginando del mismo a los
sujetos que no son productivos, son trasladadas
al sistema educativo; un sistema que cada vez
responde menos a las diferencias, en las
condiciones más óptimas que éstas requieren. La
educación se manifiesta así en un medio de
medición y selección para darle al sistema
social neoliberal el producto que exige para su
buena marcha; una elección que se traduce en
datos de fracaso, que por supuesto, nunca será
atribuido al sistema educativo, a los centros
educativos, a los procesos de enseñanza que
desarrollamos, sino únicamente al fracaso del
alumnado
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